Cuando se habla de Tacna, algunos piensan en la zona franca y en los miles de productos importados a los mejores precios y para todos los gustos que se pueden encontrar en sus mercadillos o de repente por ahí alguno recordará haber dado un paseíto por Arica ya que estaba de paso por Tacna. Pero no, esta ciudad tiene mucho más.
Mis recuerdos van por otro sitio… la playa. Sí, Tacna tiene un precioso litoral y unas playas hermosísimas dignas de ser visitadas y disfrutadas. Mis primos, como todos los veranos, alquilaron por un mes dos chalecitos en La Boca del Río. Balneario muy pintoresco, lleno de colorido y gente cariñosa. Así es que en el verano del 2008, agarré mis maletas y me enrumbé al sur.
El mar de Tacna es limpio, su color verde esmeralda es espectacular, la furia de sus olas que se mezclan con su potente rugido infunde un gran respeto, pero su generosidad en frutos marinos es muestra abúndate de la riqueza que tiene nuestro litoral.
Cada mañana salía de la casa muy tempranito para ver salir el sol y sentir el delicioso olor de la brisa marina. Oír el graznido de las gaviotas en búsqueda de su comida entre las peñas me animaba a acercarme y poder apreciar la cantidad de aves que estaban ahí. Bandadas de a miles, todas ellas sobre las peñas que al menor movimiento alzaban su vuelo quedándome con las ganas de salir volando con ellas.
El sol por estos lares es aniquilante, pero delicioso, te invita a meterte al mar, aunque sus aguas sean extremadamente heladas y terriblemente bravas, las peñas crean pequeños oasis de calma entre la braveza de este precioso mar. Deliciosas horas nadando en sus aguas, disfrutando del sol y su calor. Sintiendo una paz y tranquilidad que fácilmente no se encuentran.
Parte de la diversión es ir a mariscar, es decir a recolectar mariscos entre las peñas, actividad un poco riesgosa para los novatos ya que se hace al borde de las peñas que están muy cerca del mar abierto, pero una vez que se aprende las mañas y luego de varias revolcadas se empiezan a ver los frutos, se recolectan diversos tipos de mariscos y si tienes suerte hasta un pulpo puedes cazar.
Al día le sigue la noche, pero ésta antes de llegar es antecedida por un espectacular atardecer. El sol mortecino sigue brillando aunque su calor se convierte en tibieza dando paso al viento frío que te obliga a buscar alguna prenda abrigadora, las arenas siguen tibias y te puedes quedar todavía un ratito más sentada disfrutando de ese calorcito entre tus pies y apreciando este espectáculo de color y luz.
Al llegar la noche, si no hay luna no se puede ver el mar, salvo por la espuma en la orilla no se ve absolutamente nada. El fuerte rugido de sus olas te hace recordar el poderío de aquel que está a unos metros de tu puerta, el mar. En la madrugada la braveza del mar arrecia y su ruido, ya sea porque todo está en silencio y esto hace que se acreciente su sonido o porque simplemente se vuelve más fuerte, me hace sentir como si estuviera en medio de una gran tormenta marina. El golpe inefable contra las rocas, el salpicar de sus aguas y el retroceso de las mismas arrastrando la arena y las piedras de la orilla, se convierten en un constante vaivén que me llevan a pensar en el sin sentido del tiempo. Esa olas vienen rugiendo desde hace miles de años y probablemente lo seguirán haciendo varios miles de años después de que yo me vaya.

Hoy amanecíó con neblina, aunque eso ya viene pasando hace varios días, siempre se asomaba el astro rey, por lo menos al medio día. Hoy nunca apareció. Estamos a puertas del invierno y como siempre Lima lo recibe con su neblina gris y húmeda. Triste yo. No me gusta el invierno.
Me gusta Lima en domingo por la mañana. Como dice Roberto Carlos en la estrofa de una de sus canciones "Todo para...", y es que caminando por las calles de Lima, en domingo, se siente que todo está calmo, las combis no se corretean, inclusive paran totalmente para que baje un pasajero, la gente camina despacio, sin apuro de llegar a ninguna parte y me parece que hasta los semáforos se ponen más lentos, ya que nadie les toca el claxón.

Del tumulto de gente salió una chica y se abrazó al joven, éste le correspondió. Entonces una señora se le acercó a la de pelo cano, y ésta, mostrando la sonrisa más dulce que he visto la envolvió en sus brazos con un gran abrazo. ¡Ah!. pensé, de eso se trata. ¿Por qué no? a quién no le gusta recibir un abrazo, así es que me lancé. Otra vez ví esa dulce sonrisa, pero esta vez iba dirigida a mí.
Un par de horas después, me topé con ellos en la cuadra 4 del Jr. de la Unión. Me quedé observándolos, desde lejos, con una gran sonrisa en los labios, había en mi una sensación de placer y alegría nunca antes sentida. Algunos los abrazaban, otros sólo miraban, pero esta rara sensación interior de alegría que sentía no se iba, sólo aumentaba.